La falta de trabajo eleva la mortalidad de los americanos blancos

La muerte del sueño americano ha adoptado el rostro de un estadounidense blanco de mediana edad y sin estudios universitarios. La tasa de mortalidad entre estos individuos ha crecido a un ritmo nunca visto desde comienzos de siglo. Algo que no ha sucedido entre los hispanos y los afroamericanos en la misma franja de edad y con las mismas condiciones económicas.

Este fenómeno es único en Estados Unidos. No cuenta con una réplica en ningún otro lugar desarrollado del mundo. La principal causa son las llamadas “muertes por desesperación” producidas por los suicidios, las sobredosis de drogas o el alcoholismo. El colapso de la clase obrera estadounidense ha llevado a los americanos blancos a morir por enfermedades del alma.

Esta es la conclusión de un impactante estudio publicado recientemente por el Premio Nobel de Economía Angus Deaton y su esposa Anne Case, ambos profesores de la Universidad de Princeton. Este trabajo es una ampliación a un informe elaborado en 2015 que concluyó que, a pesar de que la mortalidad ha caído en los países del llamado primer mundo, ha aumentado entre los estadounidenses blancos de mediana edad desde principios de los años noventa.

La globalización y la automatización industrial han dejado un rastro de víctimas. En 1999, la tasa de mortalidad entre los americanos blancos de mediana edad y sin estudios era un 30% más baja que la de sus iguales hispanos y afroamericanos. En 2015, las muertes blancas eran un 30% más altas que las de los otros dos grupos étnicos. También sucede esto en los grupos de edad de 25 a 29 y de 60 a 64 entre los americanos descendientes de europeos.

Falta de perspectivas

El empeoramiento progresivo de las oportunidades laborales en las últimas dos décadas ha tenido un impacto directo en la vida, el matrimonio, la relación con los hijos y en la salud de los estadounidenses blancos. El aumento de la mortalidad entre ellos ha caminado en paralelo con el desmoronamiento de la estructura social tradicional y del empeoramiento de la salud física y mental provocados por la falta de oportunidades laborales.

Las “muertes por desesperación” han estado aumentando a un ritmo acelerado desde 1990. Durante la primera década, se compensaron con la caída de la mortalidad en personas con cáncer o enfermedades del corazón. Pero a partir de 1999, los suicidios, las sobredosis de drogas y el alcoholismo comenzaron a crecer, al mismo tiempo que se estancaban las muertes por problemas cardiacos. Este fenómeno coincidió con la caída de los ingresos de la clase media estadounidense.

La masa de los llamados trabajadores de cuello azul (blue collar workers) ha visto cómo la experiencia no les servía para aumentar sus sueldos ni para conseguir nuevos trabajos. Al mismo tiempo, se han debilitado las estructuras tradicionales de apoyo social y económico. El matrimonio ya no es la única forma de formar parejas ni de criar a los niños. La gente se ha alejado de la seguridad de las religiones heredadas o de las iglesias de sus padres y abuelos. Cuando estos cambios son un éxito, son liberadores. Cuando fracasan, el individuo se hace a sí mismo responsable, explica el estudio.

“Los datos explican que la reducción de los salarios condujo a mucha gente a salir del mercado laboral con un efecto cascada sobre el matrimonio, la salud y la mortalidad por desesperanza”, concluyen Case y Deaton. Un efecto que no ha tenido incidencia entre los hispanos y los afroamericanos porque, a pesar de cobrar lo mismo que los blancos sin estudios, aún poseen una estructural social y familiar fuerte. Tampoco se ha producido en Europa, donde la mortalidad ha disminuido para aquellos con niveles educativos bajos. El estudio pone a España como ejemplo. “A pesar de la gravedad de la crisis económica y con el desempleo aumentando de un 8,2% en 2007 al 21,4% en 2011, la mortalidad fue menor que en el periodo anterior”, expone el estudio.

La epidemia de opiáceos

La consecuencia más llamativa de este fenómeno es la epidemia de opiáceos que recorre Estados Unidos de costa a costa. La mitad de los hombres en paro toman medicamentos para paliar el dolor y dos tercios de ellos analgésicos con receta como los opiáceos. Un dolor de espalda, un ataque de ansiedad o una migraña pueden ser el comienzo de una adicción que ha costado la vida a cerca de 200.000 personas desde 1999, según el informe.

Las “muertes por desesperación” han estado aumentando a un ritmo acelerado desde 1990. Durante la primera década, se compensaron con la caída de la mortalidad en personas con cáncer o enfermedades del corazón. Pero a partir de 1999, los suicidios, las sobredosis de drogas y el alcoholismo comenzaron a crecer, al mismo tiempo que se estancaban las muertes por problemas cardiacos. Este fenómeno coincidió con la caída de los ingresos de la clase media estadounidense.

La masa de los llamados trabajadores de cuello azul (blue collar workers) ha visto cómo la experiencia no les servía para aumentar sus sueldos ni para conseguir nuevos trabajos. Al mismo tiempo, se han debilitado las estructuras tradicionales de apoyo social y económico. El matrimonio ya no es la única forma de formar parejas ni de criar a los niños. La gente se ha alejado de la seguridad de las religiones heredadas o de las iglesias de sus padres y abuelos. Cuando estos cambios son un éxito, son liberadores. Cuando fracasan, el individuo se hace a sí mismo responsable, explica el estudio.

“Los datos explican que la reducción de los salarios condujo a mucha gente a salir del mercado laboral con un efecto cascada sobre el matrimonio, la salud y la mortalidad por desesperanza”, concluyen Case y Deaton. Un efecto que no ha tenido incidencia entre los hispanos y los afroamericanos porque, a pesar de cobrar lo mismo que los blancos sin estudios, aún poseen una estructural social y familiar fuerte. Tampoco se ha producido en Europa, donde la mortalidad ha disminuido para aquellos con niveles educativos bajos. El estudio pone a España como ejemplo. “A pesar de la gravedad de la crisis económica y con el desempleo aumentando de un 8,2% en 2007 al 21,4% en 2011, la mortalidad fue menor que en el periodo anterior”, expone el estudio.

La epidemia de opiáceos

La consecuencia más llamativa de este fenómeno es la epidemia de opiáceos que recorre Estados Unidos de costa a costa. La mitad de los hombres en paro toman medicamentos para paliar el dolor y dos tercios de ellos analgésicos con receta como los opiáceos. Un dolor de espalda, un ataque de ansiedad o una migraña pueden ser el comienzo de una adicción que ha costado la vida a cerca de 200.000 personas desde 1999, según el informe.

Esta plaga comenzó en 2000 en la castigada región de los Apalaches (Carolina del Norte) y se extendió después por Florida y la costa oeste hasta convertirse en una epidemia de alcance nacional. Su impacto es urbano y rural y cuenta con la complicidad de las autoridades sanitarias y de los médicos. En muchos casos, estos calmantes los cubre el sistema de salud público, el llamado Medicaid, y son recetados por los doctores que no saben cómo hacer frente a la adicción. La industria farmacéutica es la mayor beneficiada de esta lacra.

La falta de perspectivas laborales se ha convertido en una enfermedad mortal en Estados Unidos. Las promesas rotas del sueño americano se están llevando por delante a sus discípulos. La consecuencia más visible fue la inesperada victoria de Donald Trump el pasado mes de noviembre. Más del 60% de los americanos blancos le dieron su voto. Casi nadie lo vio venir, mientras ellos se morían.

 

 


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