Los magnates del ladrillo de Nueva York ceden sus inmuebles vacíos al arte emergente

La escena se desarrolla en la planta 22 de un rascacielos de la bulliciosa Times Square. Una ejecutiva inmobiliaria se deja azotar por un joven enmascarado, ataviado con unos pantalones de cuero y un chaleco de cadenas. Al lado, dos dominatrix tienen encerrado a su acompañante en una jaula de metal y merodean alrededor atizando sus látigos contra los hierros.

No es que la famosa plaza haya vuelto a sus oscuros años 80 ni que el sadomaso sea la última moda entre los ejecutivos neoyorquinos. Se trata de una provocadora pero inocente performance artística llamada Submission Domain. Una más de las cerca del medio centenar de artistas emergentes que exhiben sus obras en la gala anual de Chashama.

Esta organización sin ánimo de lucro lleva más de dos décadas convenciendo a los magnates inmobiliarios para que cedan sus edificios vacíos a los creadores más jóvenes con el objetivo de que el arte no desaparezca ante la presión financiera de la Gran Manzana. Durante un tiempo y a bajo coste, los artistas transforman estos espacios situados en las zonas más cotizadas de la ciudad en estudios y galerías de arte antes de que sus dueños decidan entregarlos a la especulación inmobiliaria. 

En 2016, los mecenas dejaron en manos de cerca de un millar de artistas metros cuadrados por valor de 1,5 millones de dólares. “Llegué a Nueva York hace dos años y gracias a esta organización he podido comenzar mi carrera de artista. Sin ellos habría sido imposible”, comenta la artista ecuatoriana María Barquet, tendida en la cama que es el centro de su instalación The Bed-in Reawakens en la gala, donde simula una habitación hippie en la que todo el mundo está invitado a relajarse.

Revalorización de los inmuebles

La generosidad de los magnates inmobiliarios tiene su contrapartida. Además de añadir su nombre a la filantropía, un orgullo entre los de su especie a este lado del Atlántico, ven como sus inmuebles cobran vida y se revalorizan de cara a las futuras operaciones. “Esta iniciativa tiene muchos beneficios para nosotros como terratenientes. Conseguimos activar espacios que de otro modo habrían estado en barbecho y atraer el tipo de gente que queremos atraer al vecindario “, explica Justin Elghanayan, presidente de la promotora Rockrose Development Corporation.

En estos momentos, los artistas ocupan un centenar de estudios y una veintena de salas de exposiciones repartidos, en su mayoría, por Midtwon y el distrito financiero de Manhattan, las zonas más cotizadas. Pero también han empezado a acceder a las más recientes presas de las especulación como son los barrios de Bushwick, Clinton Hill y Gowanus, todos ellos en Brooklyn y donde los alquileres se encuentran ya por las nubes.

La artífice de todo esto es Anita Durst. Artista, musa y mecenas de las artes escénicas de vanguardia desde sus 18 años, fundó Chashama en 1995, después de la muerte de su mentor, el director de teatro experimental Reza Abdoh. De padres hippies, vivió parte de su infancia en Ibiza, y fue una adolescente precoz en el salvaje y peligroso Nueva York de finales de los 80.

En la gala, disfruta como un asistente más de la performance Flight 18: S.T.A.R Program. En un pequeño cuarto de paredes negras iluminado con luces estridentes y una gran pantalla, un astronauta a los mandos de dos ordenadores a modo dj, sumerge al público en un loco viaje al espacio con parada en Júpiter y Venus. Los disfraces, la música, la conexión entre las personas y el universo a través de la tecnología son el centro de esta performance.

“Cerramos acuerdos de mes a mes con los propietarios”, explica Durst, tras el trance espacial. “Sabemos que ellos quieren alquilar o vender el espacio, y una vez que deciden hacerlo, nos vamos. Así es como trabajamos”, añade. El artista paga cerca de un dolar por pie cuadrado (que equivale a 3,3 metros cuadrados) para los espacios de trabajo. La organización se hace cargo de la electricidad, el seguro, la limpieza y el mantenimiento. En estos momentos, Chashama tiene cerca de 400 solicitudes a la espera.

Grandes nombres del mercado inmobiliario

Entre sus donantes se encuentran grandes nombres de los negocios en Estados Unidos. En la gala de este año se rindió homenaje a Darcy Stacom, presidenta de CBRE, la mayor empresa inmobiliaria del mundo, y conocida en la ciudad bajo el apodo de “la reina de los rascacielos” por su destreza para cerrar grandes operaciones.

En su curriculum figura el record de haber llevado a cabo la mayor transacción inmobiliaria de la historia de la ciudad. La compraventa por 5.400 millones de dólares del gran proyecto residencial Peter Cooper & Village Stuyvesant Town, construido en los años 50 en el Lower East Side, que tuvo lugar en 2006 .

La larga lista de mecenas cuenta con nombres como el del matrimonio Andrew & Ann Tisch, heredero, por parte de él, del conglomerado empresarial Loews. El fundador y copresidente de Sony Pictures Classic y su mujer, Tom y Nena Bernard, así como la Fundación de los hermanos Rockefeller.

Una vez al año, artistas y millonarios, estos dos especímenes tan antagónicos de la Gran Manzana se mezclan en una fría oficina de Times Square convertida por unas horas en un lugar sin límites, repleta de imaginación y juego. En una pequeña habitación con vistas a las oficinas vacías pero iluminadas del Bank of America, una artista invita a los asistentes a construir rascacielos de juguete con coloridas cajas de cartón de diferentes tamaños. El frágil equilibrio de las piezas hace que la estructura esté siempre al borde del derrumbe.

 


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