Nueva York redescubre el esplendor perdido de sus playas

“No es difícil llegar, no está lejos, podemos dar un paseo por la playa de Rockaway”. Dice pegadiza estrofa de la mítica canción de Los Ramones ‘Rockaway Beach’ lanzada en 1977. El grupo de punk nacido no muy lejos del litoral urbano más extenso de Estados Unidos inmortalizó esta frase que hoy repiten muchos neoyorquinos al llegar el verano.

La península del mismo nombre, perteneciente al barrio de Queens y muy cercana al aeropuerto de JFK, se ha convertido en el símbolo del resurgir de Nueva York como destino playero, tras el abandono de la zona durante los 80 y el azote del huracán Sandy en 2012. Primero llegaron los surfistas, después los veraneantes de fin de semana y, detrás, los artistas del vecino Brooklyn.

La presencia de todos ellos atrajo a los emprendedores de la hostelería y a los magnates del ladrillo. Los cerca de 10 kilómetros de fina arena a la orilla del Océano Atlántico de la Península de Rockaway son un ejemplo más de la muerte y resurrección constante que han vivido los barrios de Nueva York a lo largo de su historia.

Con una diferencia, esta vez se trata de un lugar con vistas al mar. Un paraíso al que escapar del calor sofocante de los veranos de la Gran Manzana. El punto de partida de esta transformación tiene una fecha concreta. El 29 de octubre de 2012. A primera hora de aquella mañana, el huracán Sandy azotó con fuerza la costa y arrastró con él los restos del decadente esplendor de este litoral. La catástrofe supuso un pulso para los cerca de 130.000 residentes, entonces con una tasa de paro del 20%, pero también una oportunidad para llamar la atención de las autoridades.

El pasado 19 de mayo y tras tres años de obras finalizaba la reconstrucción del paseo marítimo -conocido como Ocean Promenade o La Riviera Irlandesa- con un coste total de 305 millones de euros. La antigua pasarela de madera levantada en los esplendorosos años 20 se ha convertido en una interminable zona de paseo de cemento con bancos, carril bici, zonas de juegos y dos modernos chiringuitos. Desde hace dos meses, un barco conecta Wall Street con Rockaway por un coste de 2,5 euros. Un nuevo medio de transporte sumado a la línea de metro A, que tarda cerca de hora y media en llegar desde Manhattan.

“Hace treinta años no venía nadie, la situación era complicada, pero la gente aquí siempre ha sido maravillosa”, explica Bob. Con sus casi 60 años y nacido en el vecino Brooklyn, lleva toda su vida bronceándose en esta orilla del Atlántico. “Ahora hay algo nuevo. Se llama la invasión milenial”, añade con resignación. Es domingo por la tarde y está apoyado en la barandilla del paseo frente a la terraza del chiringuito UMA’s, abierto en 2013, y repleto de miembros de esa generación a la que alude. Ha venido a ejercer de testigo directo de la gentrificación.

Caramelo inmobiliario

El desarrollo incipiente de Rockaway está acompañado del éxito de público de su vecina Fort Tilden. Esta playa fue un área militar desde principios del siglo XX hasta finales de los años 70 para pasar después a manos del Servicio de Parques Nacionales por su alto valor medioambiental. El único acceso con transporte público es el autobús o las furgonetas ilegales que por cinco euros llevan y traen a la gente desde Williamsburg. El éxito de la película independiente del mismo nombre, estrenada en 2014, la puso de moda y cada domingo se convierte en un peregrinaje ‘hipster’.

El turismo más consolidado se encuentra en la playa de Long Beach. La zona también fue víctima del huracán Sandy, pero su desarrollo urbanístico de los años 80 y 90 permitió que las estructuras resistieran. Sin acceso por tren y más alejada de la ciudad, no despierta tanto interés entre los veraneantes urbanos. Hay otras accesibles por barco como Great Kills Park en Staten Island o la reserva natural de Sandy Hook, con vistas a Manhattan desde Nueva Jersey. Sin olvidar la legendaria y decadente Coney Island, cuya famosa montaña rusa, Ciclón, acaba de cumplir 90 años.

Este ecosistema playero ha puesto a Rockaway ante el acecho de los depredadores inmobiliarios. No han perdido el tiempo. El Arverne, un proyecto de 900 millones euros, con apartamentos de lujo a 625.000 euros cada uno esta transformando el vecindario. El complejo espera convertirse en el hogar de hasta 10.000 personas. En un área donde, hasta ahora, tan solo se divisaban los altos edificios sociales construidos por Robert Moses, el histórico desarrollador urbanístico de Nueva York de los años 70, que ocupan jubilados y familias de clase media de muy distintas procedencias.

El pasado y el presente

La principal zona urbana de la península es Far Rockaway. Como su nombre indica, hay que caminar cerca de tres kilómetros por el nuevo paseo hasta llegar al epicentro de la vida de la zona, fuera del contacto con los turistas. El único lugar donde se encuentran los últimos resquicios de la cultura del resort de principios de siglo. Escondidos entre los altos edificios sociales, están apenas dos hileras de los viejos bungalós construidos en los años 20, de las más de 7.000 de estas viviendas de una sola planta que cubrieron ocho kilómetros de la costa. En 1929, Groucho Marx compró 24 de estas casa para invertir.

Apoyado en un coche, Pat Taylor, de 76 años y origen escocés, relata su vida como un recorrido por la historia de este lugar. Nacido en Washington Heights (Harlem), se trasladó aquí con sus padres en los años 50 porque su progenitor trabajaba en el desaparecido parque de atracciones Parkland, que operó entre 1902 y 1987. “Esto era muy muy diferente”, rememora. “Como la mayoría de jóvenes de mi generación, me escapé de aquí en los 70 a vivir en Manhattan y volví hace unos años a la antigua casa familiar”. “Me gusta que la gente venga”, dice, orgulloso de poder contar su historia.

Poco después de que Taylor de marchara comenzó el declive de la zona. En 1977, Nueva York se encontraba al borde de la bancarrota, sumida en una aguda crisis económica y azotada por el crimen, la pobreza y la droga. Las autoridades dejaron de mirar hacia la península y la zona quedó aislada. Llegó el abandono de los edificios, la incomunicación de sus habitantes y la rendición de los visitantes.

Ahora, la vida ha vuelto a los pocos bungalós que resistieron. En uno de ellos, tres jóvenes beben cerveza en el porche. Mike, el propietario, es un artista de Brooklyn que llegó aquí antes del paso del Sandy. Fue uno de los primeros que vio el potencial de esta zona. Es propietario de tres casitas y las alquila. Sus acompañantes son sus inquilinos. Cristine ha llegado desde Canadá y Phillippe es un productor de documentales de París. “Los surfistas son los que le han devuelto la vida a la zona”, comenta. Rockaway es la única playa de Nueva York en la que está permitido surfear. Premonitoria, la banda de Joey Ramone copió las melodías de los californianos Beach Boys en su oda musical a esta costa.

 


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